Cuando todo es marketing... ¿Dónde queda la crítica?
La figura del crítico se ha ido diluyendo con las nuevas formas de consumo y los influencers han ido ganando terreno. ¿Cómo ha cambiado el panorama de la crítica cultural?

Ignacio Prieto
27.02.2026
Desde hace tiempo los medios atraviesan una mala racha. El descrédito de la ciudadanía se ha unido a la falta de dinero de un sector que depende en gran parte de la publicidad. Los periodistas trabajan cada día en condiciones más precarias y la última hora y la actualidad política copan todas las portadas, lo que ha provocado lo que algunos denominan como «asfixia informativa».
Los grandes perdedores de esta deriva son, en gran parte, los géneros que requieren tiempo, profundidad y dinero: la crónica, el reportaje en profundidad, la crítica… Además, las nuevas formas de consumo de información, han propiciado el entorno perfecto para que la superficialidad y el fast food informativo se impongan en un entorno dominado por el algoritmo. Un algoritmo que ha hecho que cada vez exista más reviews y contenido blanco, pero menos crítica.
Que la gente está dejando de creer en los medios es una realidad. Según el último informe de la Asociación de Prensa de Madrid sobre la profesión periodística, los ciudadanos han calificado de 5,4 sobre 10 la credibilidad en los medios, una cifra menor que años anteriores y que se señala directamente a la precariedad como el principal problema de la profesión. Según la APM, entre los profesionales contratados, el 45% de los periodistas y el 37% de los comunicadores ganan entre 1.000 y 2.000 euros netos mensuales.
La crítica cultural tradicional, ¿en declive?
Esta precariedad, unida a las nuevas plataformas y formas de consumo, saca la crítica fuera de los periódicos. De hecho, muchos de los grandes medios de referencia han comenzado ya con esta dinámica donde los primeros en salir por la puerta son los críticos culturales.
Muchos medios estadounidenses ya han empezado con despidos masivos a periodistas que se dedican a la crítica cultural. La agencia de noticias estadounidense Associated Press puso fin a sus críticas de libros este pasado verano, The Washington Post ha realizado a comienzos de febrero grandes recortes en el periódico que se han saldado con el despido de un tercio del personal. Entre las secciones de las que ha decidido el Post prescindir, se encuentra, cómo no, su cobertura de libros. El Chicago Tribune despidió a su crítico de cine Michael Phillips eliminando su puesto del periódico; el New York Times, con la excusa de una “reestructuración” ha reasignado nuevos roles a cuatro de sus críticos de mayor renombre.
La famosa editora del Times, Sia Michel, trató de explicar esta situación apelando a la demanda de «nuevas formas de historias, videos y experimentación con otras plataformas». Es decir, no querían más críticos tradicionales, querían tiktokers.

Para Felipe Gómez Pinto, crítico de cine de la Revista Caimán, esto no pone tanto de manifiesto el preludio de una muerte, sino un cambio de época en la concepción de la crítica. «No hay que ser iluso, la crítica siempre ha tenido connotaciones de control ya sea económico o editorial. Estos despidos lo que ponen sobre la mesa es la muerte de un tipo de crítica, el estilo Boyero como se suele decir, que no cuenta nada más allá de lo que él ha sentido viendo la película», explica el crítico.
«La pregunta debería ser: ¿sigue teniendo influencia lo que dice un crítico sobre una obra de arte? Hace un par de meses, el diario.es publicaba una lista de los mejores discos del siglo XXI, elegidos por 91 expertos musicales. En esta lista incluían LUX de Rosalía solo un mes después de que saliera el disco, algo que es completamente irracional». Según Gómez Pinto, esta es una de las muchas muestras de esta deriva publicitaria de la crítica cultural, pues para él esto es «claramente una estrategia de marketing».
La cultura ha cambiado y la línea que distingue al crítico del influencer cada día es más difusa, aunque Gómez establece una clara diferencia: «No se puede hacer una buena crítica en dos minutos, rotundamente no».
Para el crítico de Caimán, la clave para comprender esta situación está en entender los «nuevos procesos industriales». «En estos tiempos que corren estamos viendo cómo a la vez que cierra una de las librerías más emblemáticas de Madrid como era Tipos Infames, dos booktokers abren una librería», comenta. «Parece que ahora todo está supeditado a las redes».

Las redes sociales, el marketing y los nuevos críticos
El marketing se ha colado en nuestros dispositivos revestido de muchas formas, y la crítica no está exenta de ello. Parece que existe una «guerra abierta» entre una vieja y nueva escuela de críticos. Un ejemplo de la segunda es Pablo Cabezali, más conocido como @cenandoconpablo. Tiene un millón de seguidores en TikTok y es uno de los referentes de esta nueva manera de hacer crítica gastronómica. Sus precios, según contó él mismo en una entrevista en la Cadena SER, rondan los 2.000 euros por crítica con un estilo directo que en dos minutos cuenta si lo que vas a comer está bueno o no. Simple, austero. No se espera encontrar en sus opiniones una gran explicación del contexto o un profundo análisis de la degustación, su estilo es otro y parece que funciona.
A camino entre las formas más novedosas y tradicionales está Jorge Burón. Él es crítico literario en sustrato, un medio autogestionado por escritores independientes que se rige por una única regla: «la calidad». Con más de 15 mil seguidores en Instagram, son la prueba de que profundidad, análisis y viralidad, a veces, pueden ir de la mano.
Para Burón no es que exista una diferencia entre críticos e influencers, sino que va más allá: «la gran mayoría de los influencers no son críticos, hacen publicidad, pero creo que puede haber crítica desde el formato influencer, creo que sí que hay algunos que intentan hacerlo y que pueden aportar cosas nuevas». Además, según él, nosotros como consumidores tenemos el deber de «sospechar»: «si en un determinado sitio nunca hay ninguna crítica negativa, sospecha; Si solo se habla de aquellos productos que, curiosamente, salen de otras empresas de ese sitio, sospecha».
La figura del crítico ha evolucionado, cuenta, «lo que pasa es que hay nuevos medios, nuevos discursos, nuevas sensibilidades, nuevos intereses y eso hace que tenga que cambiar». Para Burón el gran cambio se da en la identidad del autor: «ya no necesitas estar en un periódico que te legitime y te valide como una voz de autoridad», ahora «el público dice: demuéstrame por qué tus críticas son buenas y dependiendo de ello esa crítica tendrá valor o no». «Hay que estar constantemente pensando nuevas formas para no caer en la nostalgia, pero sobre todo no hay que renunciar al rigor», concluye.

¿Ha muerto la crítica como género? La respuesta para Burón es un no rotundo: «Lo de la muerte de la crítica es una tontería, lo que pasa es que cuando hay una época de crisis un sector lo fácil es decir que ha muerto». De hecho, según comenta, él la percibe más viva que nunca: «Hubo un tiempo que sí que parecía que no tenía mucho interés, ahora se está volviendo a tener y la gente está dispuesta a consumirla».
Una cosa está clara, los nuevos tiempos hace rato que llegaron. Las redes sociales han configurado nuevas formas de comprender y consumir la realidad, lo que ha supuesto que las estructuras tradicionales sean cada vez menos sólidas. Los algoritmos premian el marketing y tratan de ocultar la «mala’ crítica, el consumidor debe ser consciente y los críticos asumir que lo que un día funcionaba, hoy ya no existe».