Los Oscar: ser o no ser elitista
Un año más, la Academia vuelve a examinarse ante el espejo: qué cine premia y qué modelo de industria consolida con cada estatuilla dorada entregada

Lucía Núñez
27.02.2026
La cuenta atrás ya está en marcha para la que probablemente sea la noche más glamurosa del año. Los ojos comienzan a mirar hacia la ciudad de las estrellas –vamos, lo que vendría siendo Los Ángeles–, donde la alfombra roja se desplegará con más precisión que un guion ensayado mil veces y donde los discursos competirán en duración con las propias películas nominadas. Es ese momento del año en el que prometes ponerte al día, corres al cine o plataformas para poder decir que has visto todas las candidatas y esperas, con cierta dignidad y orgullo, la palmadita simbólica de tus amigos cinéfilos, que ya te vemos venir.
Pero mientras el mundo observa la entrega de las estatuillas doradas, otra pregunta se abre paso entre aplausos y titulares: ¿qué tipo de cine celebra realmente la Academia? Edición tras edición, y ya van 98 desde 1929, los Oscar reavivan el debate sobre el elitismo en Hollywood y en la industria en general. Porque… «ser o no ser elitista, esa es la cuestión», ya se lo preguntó Shakespeare en 1603, ¿no? ¿O no fueron así sus palabras?

¿Quién decide qué es (buen) cine?
Antes de señalar injustamente (o no) a los Oscar, igual conviene hacernos una primera pregunta: ¿qué es exactamente «elitismo» cuando hablamos de cine? ¿Una película que no entiende nadie? ¿Una que cuesta seis millones y no ha despuntado en taquilla? ¿O una superproducción de 200 millones hecha por gente que no ha tenido que preocuparse nunca por pagar el alquiler en el centro de Madrid?
Para Javier Díaz-Salado, redactor jefe de la revista española de cine Fotogramas, el elitismo comienza muchas veces antes de que la propia película exista. «Es un secreto a voces que hay personas que parten de una cuna con mucho dinero y pueden permitirse levantar una película», afirma al reflexionar sobre este concepto. Podríamos decir, por tanto, que esta sería una primera aproximación para definir lo que se entiende por ser elitista dentro de la industria: el dinero. Sin embargo, Javier también lo deja claro: el privilegio no cancela el talento, pero sí condiciona quién puede intentarlo.
Otro de los focos de atención que marcan el debate se establece en esa tradicional distinción entre lo que se considera alta cultura —es decir, una cultura definida como más refinada, elevada y que hace referencia a un cine de autor— frente a la etiqueta de la cultura popular. Si leemos a teóricos como Raymond Williams o Stuart Hall, esta segunda destaca por tres características fundamentales: lo inferior, lo que gusta a muchas personas y lo que queda al servicio de la industria. Sergio Vega, espectador y cinéfilo de pasión, identifica el elitismo precisamente en ese desprecio que suele existir hacia géneros como el cine de superhéroes o el más familiar, quedando en un segundo plano por ser relegados como un arte menor.

Hablando de superhéroes… «¿Qué es lo primero que se te viene a la cabeza cuando te pregunto por el elitismo en el cine?», le pregunto a Alberto Rey, periodista y crítico cinematográfico. «Que el motor del cine actual es Marvel y rara vez tiene una nominación que no sea técnica», contesta. Es decir, «si elitismo es votar una película de un millón de dólares que ha perdido dinero y sin estrellas simplemente porque los festivales la tienen bien considerada, yo creo que elitismo también sería lo que cobran los actores de Marvel», remata su respuesta.
Importancia a lo importante: ¿los Oscar son elitistas?
En mayo de 1929, nacía la meca de los premios del cine: los Oscar. Lejos de la visión más mediática que tienen hoy, aquella primera edición fue, en realidad, una cena privada para unas 270 personas en Los Ángeles. Para el cine, los Oscar consolidarían la relevancia de la industria, fuera y dentro de Estados Unidos; para los estadounidenses, y especialmente para Hollywood, no sería más que una reafirmación del poder de entretenimiento que siempre han perseguido.
Casi un siglo después, la ceremonia organizada por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas continúa siendo el escaparate cinematográfico por antonomasia. Premios como los Goya o festivales como el de Cannes aún compiten por conseguir parte de esa centralidad simbólica y mundial de los Oscar. Pero la realidad es que, como señala Sergi Gascón, más conocido como @with_serchu en redes, «pensamos que son el centro de atención, que son los premios más importantes, y no creo que sea así». La popularidad cambia y se diversifica, pero su sistema de votación se mantiene: más de 10.000 miembros de la Academia —actores, directores, técnicos…— deciden quiénes serán las grandes estrellas de la noche.
Detrás de dicho sistema, se mueve la gran maquinaria de estos premios: las productoras y distribuidoras. «Para poder presentar una película a los Oscar, tienes que contar con una productora o distribuidora bastante grande que se enfoque en ganar el premio. Esto me parece elitista porque no todas pueden permitírselo», señala Sergi. «Los Oscar están pensados para las grandes películas», reafirma Javier. Puede que esta sea la clave para responder a si estos galardones son elitistas o no.
Mientras Sergio tiene clara su respuesta («sí»), Alberto, Javier y Sergi mencionan una serie de circunstancias que entran en juego. Según dice Alberto, «a veces parecen elitistas en las categorías técnicas. Ahí votan personas del gremio y suele suceder que ganan películas que no son populares o especialmente vistosas». Javier, por su parte, habla del star system: «Los Oscar no dejan de ser los premios de los premios. El lujo, la alfombra roja, el espectáculo… esto lleva a querer premiar a las grandes producciones». Y Sergi, además de mencionar a las productoras y distribuidoras, también menciona esa tendencia reciente de los premios por mantenerse al día con las modas culturales para renovar constantemente su imagen (como ha ocurrido este año con Los pecadores y sus históricas 16 nominaciones); algo que, para él, también es parte del elitismo.
¿Y este año qué?
El 16 de marzo ya está a la vuelta de la esquina para descubrir, un año más, qué películas serán la comidilla social y cultural durante varias semanas. Entre la lista de nominaciones de esta 98ª edición, destacan Leonardo di Caprio en Una batalla tras otra, la alabada actuación de Timothée Chalamet en Marty Supreme, la reencarnación del estilo de Tarantino en Los pecadores o el mayor espectáculo deportivo traído a la gran pantalla con F1: la película, entre otras.
Barriendo para casa, tampoco nos podemos olvidar de la comentada nominación de Sirat. «Oliver Laxe puede caer mejor o peor, pero al menos ha hecho que se hable de su película, de España y de la producción española», apunta Sergi. Alberto también opina de ella: «Si los Oscars son una herramienta promocional, usémoslo a favor. ¿Va a ganar? No creo, pero sí es una de las películas del año y conseguirá un valor sentimental muy fuerte».
Autoría, músculo industrial, narrativa de prestigio y blockbuster: todo un cóctel de ingredientes bien cargados de conversación que conviven en una misma carrera por conseguir un Oscar. Una carrera que, además, reactiva el debate y sujeta el pilar de este reportaje: ¿puede ser un premio elitista y justo al mismo tiempo? «Sí, ¿por qué no?», responde Javier y añade que, «tanto Una batalla tras otra como Los pecadores, por ejemplo, son dos grandes películas que tratan distintos temas desde diferentes perspectivas y por supuesto que pueden ganar merecidamente siendo elitistas. ¿Que otra película que no lo sea puede llevarse un Oscar? También, pero no creo que este sea el lugar para lograrlo».

Entonces, ¿ser o no ser elitista? «A veces confundimos elitismo con la cultura. Lo contrario del elitismo a veces es la glorificación de la ignorancia. Sí a aspirar a estar arriba, a la excelencia; no al paternalismo, a mirar desde arriba a los demás como si el resto fuesen mierda», sostiene Alberto. Quizá aquí reside la paradoja definitiva: los Oscar no son solo un espejo del cine, sino también de los ojos que los contemplamos. «¿Qué miden estos premios en el fondo?», se pregunta Javi, y puede que esa sea la verdadera cuestión.